Tom rasgo su piel y comenzó a brotar algo de sangre en la pierna de la vecina, una mujer manca de la mano izquierda, tranquila en la expresión pero fogosa en lo profundo de sus ojos y en sus palabras. Hoy, aferrandose en su maniática mirada tomó mi camisa y maldicio por el inmenso excremento de mi pastor alemán en el portal del edificio. Exaltó a Tom, mi perro y la mordió.
Un edificio de apartamentos, dentro de una urbanización y personas que cruzaban el portal, solo con el saludo, sin conocimiento de sus vidas y menos de las vidas de sus vecinos.
Sobre una loma con césped y frondosos rosales, en lo alto, sentados tom y yo con doce años. Tom solo con un año de vida y su correa sujeta con fuerza en mis manos. Veíamos la calle y los autos pasar, todos los días a esta hora.
Sobre una loma con césped y frondosos rosales, en lo alto, sentados tom y yo con doce años. Tom solo con un año de vida y su correa sujeta con fuerza en mis manos. Veíamos la calle y los autos pasar, todos los días a esta hora.
Nos mordíamos uno al otro, revolcándonos en la sala y mamá no sabia si reír o enfadarse, pero hoy no, yo hoy no podía evitar las lágrimas y Tom con la lengua afuera no dejaba de babear y sentirse hermosamente feliz conmigo y yo me aferre a su ser abrazándolo con fuerza. Abajo de la loma de césped y rosales, mi madre junto con el señor de la perrera, me llamaba para llevase a Tom y sacrificarlo por moder a la vecina.
R. Primitivo Carcedo