Al Sur de América
Salia de la cocina y corría de sus manos el aroma de un pabellón criollo de la bandeja, por el zaguán, entre los tinajones, bancos de azulejos, donde respira el eucalipto central.
En los largos corredores de la casona se encontraba la alcoba (Prohibida la entrada). El anciano comía su almuerzo y salia a la hora con el plato vacío. Varios meses se juntaron en el año. Su hijo se inquietaba por el invitado de su anciano padre que nunca salía de la habitación que nunca nunca había visto. —Hijo, a su tiempo, a su tiempo— siempre con dulzura respondía y calmaba al hijo.
Llego el día, esos días que siempre llegan, pero que en la casona fue apacible, la lluvia tenue, rodando de las tejas, con el aleteo de algunas aves refugiándose. Un momento de nuestro eterno presente. El anciano se levanto de la cama en la mañana sin ningún tipo de sufrimiento, y acudió al llamado de Dios, dejando recostado como cuando nos hacemos un corte de pelo o de uñas, pequeña partes de nosotros que nos dejan. Así dejo su cuerpo inerte sobre la cama.
Al otro día, terminado el sepelio en horas del medio día, la viuda cargaba un sancocho que alborotaba los sabuesos, cuando fue frenada por su hijo, ahora señor de la hacienda —¡No madre! si quiere comer que trabaje, ni siquiera se digno en asistir al entierro de mi padre que bastante le favorecía.
Ya había pasado una semana que nadie se atrevía a llevar comida al desconocido y los campos comenzaron a secarse y las cosechas morían . El nuevo dueño sin tener donde descargar su ira, mando abrir la puerta de aquella habitación misteriosa y los sirvientes quedaron sorprendidos, se abrió paso el señor de la hacienda e incauto pudo ver una alcoba que estaría vacía, de no ser por una mesita en el lado derecho de la ventana, con una biblia abierta y una almohadilla en el piso para los rezos.
R. Primitivo Carcedo