Alejada del pueblo la cabaña albergaba un hombre con sus días oscuros, lleno de odio recorría los espacios de la casa y hacía sus labores diarias, día tras día, no dejaba de maldecir.
El sol secaba la tierra hasta agrietarla y si la lluvia acudía, caía sin cesar inundandolo todo. Pero aquella tarde fue diferente, ni el frío, ni la oscuridad, ni los truenos estremecieron su corazón.
Aislado por sus familiares un hombre veía por la perilla de la puerta otro mundo, espacio, tiempo, un reloj sobre la pared de una sala daba la hora de 12 am a 12 pm sin descanso y viceversa una dimensión emocional intangible.
Por debajo de la puerta entraban al cuarto las sombras y charlaban con él.
—Ya no te extraña, siempre llega tarde de sus gratificaciones y no de uno solo...— esa sombra, la de su esposa lo atormentaba a diario.
—El auto clásico que tanto te gustaba, te lo volvió puré contra un semáforo— la sombra del hijo
No pasaba un día sin arremeter con los puños las paredes de madera y sin maldecir, encolerizaba de tal manera que a patadas se escuchaba como un tambor de madera afuera.
En un oscuro rincón sin muebles, solo un acolchado espacio, infectado de insectos con su fino tejer.
Escuchó un leve suspiro y una sombra diminuta y temerosa entro al cuarto, él mirándola fijamente se enterneció. —Abuelito, extraño tus cuentos y canciones, tus abrazos y besos.— su nieta de 5 años comenzó a llorar inconsolable.
Tomó una decisión, no lo podía soportar más, después de largos meses se decidió y salio de las cuatro paredes de su ataúd bajo tierra y piso la grama fresca por primera vez, donde sus antepasados lo esperaban con ansiedad y amor.