Se azotaban los vidrios de
la casa de Mateo y las maderas de las ventanas rasguñadas por el llanto del
acantilado. Lejos se podía ver la niña. Una niña, al filo del vacío lloraba, un bosquejo azulado y borroso a la luz de los relámpagos.
Estremecidas, en una larga
caída las lágrimas enfurecían aún más al océano que arremetía contra las rocas,
bajo el abismo. –¡Cómo es posible, que te ocurre, pequeña!– preguntó
Mateo. Solo se volteó,
transfigurada, en su profundo miedo viendolo a los ojos. Desconcertado y sofocado por la carrera no dejaba de sorprenderse bajo la
tormenta. Las penumbras comenzaban a espesar sobre la funesta atmósfera, ella señaló con sus pequeños dedos a una mujer embarazada, alejada en el barranco, vestida a usanza de otra época que desconsolada se precipitaba hacia
el vacío en medio de lamentos. Mateo se
aterrorizó a tal punto de aquel inminente suicidio que se abrazó por reflejo
a la niña, automáticamente la mujer lo sintió y contorsionó hacia
su barriga y cayo de rodillas, aferrando con sus brazos a la criatura que
llevaba en sus entrañas.
El sonido de la tormenta
desapareció y el mar quedo en calma bajo millones de estrellas en un cielo
despejado.
Primitivo
Carcedo