martes, 28 de febrero de 2017

El Relojero


El Comienzo


Mis ojos se forzaban por voltear en sus cavidades y mirar hacia atrás, en el pasado, a tal punto que mi cuerpo inmovil o mejor dicho que mi ser, quería voltease hacia atras en el cuerpo inmovil, pero ya el tiempo tomo su distancia, los hechos quedaron. Tuve que seguir caminando, a la espera de mi oscuridad, pero ese es el reloj de un angel caído. Antes del segundo son, las infinitas posibilidades y al golpe del péndulo, no existe escapatoria para el tiempo pasado.





Primitivo Carcedo

jueves, 2 de febrero de 2017

5 Minutos

Flotaban ingrávidas las cenizas de soldados fragmentados sobre el campo de batalla. Un sobreviviente quedaba, arrastrándose sobre la tierra húmeda y rojiza ( los cazas y los obuses habian barrido sobre ellos). Acercandose el sonido de los tanques y el paso de la infanterìa enemíga, con la artillería pesada atravesaría el lugar con  sus morteros, granadas, y cinturones llenos de proyectiles. Él ya podía divisar a 400 metros las puntas de los cañones en los tanques por los arbustos que limitaban la planicie. Penso en correr, la planicie media un kilometro y fácilmente quedaría espuesto bajo francotiradores, quiso ocultarse entre los cuerpos de sus compañeros pero los tanques al pasar lo aplastaría o tal vez sería atravesado por alguna bayoneta. Se acercaba la maquinaria pesada como aplanadora sobre los cuerpos sin vida, se arrodillo y cerro los ojos, los cerro —pa onde agarro Padre, mis deos solo pa la guitarra y el cante, mis manos no son pa matá...— oraba, Un buen guitarrista del flamenco y el cante hondo. tenía el pecho al descubierto y la llovizna lo lavaba.
Los diminutos pies al tras luz de las cristalinas aguas de la playa y las carcajadas de su hijo de dos años que sentia el mar por primera vez. Todos esos momentos vividos otra vez en su corazón se podían ver, no escuchaba el chapoteo de las pisadas en el barro ni el crujir de huesos que hundia la oruga de los tanques tres metros a su derecha, solo silencio en su mente en oración. El flash de los relampagos mostraba los rostros de jovenes soldados y  los ojos cansados de ver tanta muerte. —¡Crack!— el cargador al montar el proyectil en la recámara —¡Plass!— el peso de la bota salpicando barro sobre la cara del soldado.
 En su rezo vislumbraba como un ovillo a su hijo en la cuna, como un ronroneo en noche de luna llena. La suave brisa por la ventana del cuarto  chocaba con el estruendo del momento.
 Terminó la oración, abrió los ojos y para entonces las tropas enemigas se encontraban lejos.