En el calabozo de una torre un dictador se hizo viejo y todas las mañanas dejaba unas migajas de su comida diaria entre los barrotes y un pequeño gorrión las tomaba. Con el tiempo, llego al punto que al sacar la mano el reo el gorrión comía de ella, cuando la confianza del gorrión le hizo perder el miedo, el hombre cerro la mano y lo capturo, corto sus alas y así apaciguo su soledad. Llego a morir aquel mandatario entre la vejez y el odio y el pequeño gorrión, sin poder volar, cumplió una condena que no le pertenecía.
Primitivo Carcedo
